Un
fin de semana del año 1966, el Centro Español de Darmstadt organizó
una excursión a Kassel, ciudad al Norte de Darmstadt, no muy lejos
de la frontera con la antigua República Democrática Alemana (DDR).
Fue
un día inolvidable para mí, ya que en el autobús iban dos hermanas
extremeñas que Vivian con sus padres en Darmstadt. Al mirar y hablar
con una de ellas, mi corazón palpitaba más fuerte. Que suerte para
mi haberme apuntado a esa excursión. Así conocí a una joven de
nombre MANUELA, que en el futuro se convertiría en mi esposa.
Aunque
de aquel viaje hacen ya más de 48 años, no se me borrará de la
memoria, porque aquel día me toco el mayor premio de la lotería,
sobre todo cuando veo por nuestras calles grupos de inmigrantes que
también han abandonado su tierra como lo habíamos hecho ese grupo
de españoles que un domingo inundó las calles de Kassel para ver
sus monumentos y también, todavía, algunas ruinas de la guerra como
las que apreciábamos cuando andábamos por las calles de esta
capital maravillosa capital. Los años pasan, los idiomas son otros,
también el color de la piel, pero lo que no cambia desgraciadamente
es que siga habiendo personas que tienen que abandonar a los suyos
para ayudarles a subsistir.
Tanto
en el viaje de ida, como durante el paseo por Kassel, no paraba de
fijarme en Manuela, pero ella era una muchacha bastante tímida.
Aunque fue con su hermana Emilia con la que más charlé, al
principio, en el viaje de regreso todo cambio, pues nos sentamos
juntos.
En el trayecto de Kassel a Darmstadt es donde empezó
Manuela a entrar en mi vida. Gracias a estar en Alemania, tanto
Manuela como yo, pudimos conocernos y luego casarnos. Por eso repito
muchas veces que Alemania me lo ha dado todo o todo y, entre otras
cosas, a la mujer de la que cada día estoy más orgulloso, porque ha
sido el pilar que ha sostenido mi vida entera y no ha parado de
apoyarme allí donde lo necesitaba.
Al
día siguiente había que volver al trabajo y a la rutina de cada
día, pero ahora todo me era más fácil y ligero, pues había
conocido a la mujer de mi vida y estaba muy ilusionado. Aunque eso
sí, me pasaba todo el día esperando a que llegara la hora de verla,
aunque al principio fue a escondidas.
De
nuestro noviazgo tengo que contar que, aunque transcurrió en
Alemania, fue según las tradiciones y costumbres españolas de
aquella época, ya que mis suegros eran extremeños de Don Benito. Y
también les pedí a ellos permiso para: hablarle a su hija: que era
como se le llamaba entonces, pero se lo pedí por carta, ¿Por qué?
¿Es que no me atrevía a dar la cara? Todo lo contrario, lo que
sucedía es que Manuela y su familia ya estaban de vacaciones en
España y mi intención era ir a Huetor-Vega a ver a mi familia, pero
pasando por Extremadura para ver a la que después también se
convertiría en mi familia. Por carta mi suegro me preguntó si iba
en plan formal.
Así
planee mi viaje, me fui en tren desde Madrid a Don Benito y me
presenté a José Parejo, el padre de Manuela, y allí pasé una
semana, aunque viviendo naturalmente en una pensión. Por las tardes,
la madre de Manuela, que era muy estricta, nos dejaba salir solamente
si nos acompañaba su hermana Emilia trataban de que yo fuera
conociendo a las amigas y amigos de la infancia que ellas se dejaron
en el pueblo al irse con sus padres a Alemania.
9/ Así también fui conociendo a toda la familia de Manuela y me di
cuenta que los extremeños son gente muy hospitalaria, pues tanto los
abuelos y tíos, como sus primas y primos me acogieron muy bien desde
un principio.
Lo
único malo de esta semana en Don Benito, la última semana de
vacaciones de Manuela y la primera de las mías, es que fue muy
corta, y así llegó el día en que nos tuvimos que separar: Manuela
y su familia tenían que regresar a Alemania, y yo ponerme en camino
hacia Granada.
Tengo
que decir todavía que, antes de venirme a España de vacaciones, una
tarde después del trabajo me puse a escribirle a mi madre una carta,
en la que explicaba que era feliz porque había encontrado a la mujer
de mi vida y le contaba como ella era, y que iba a ir a Extremadura.
Así
es que la llegada a Granada, después de mi primera visita a Don
Benito, para pasar el resto de mis vacaciones con mi familia, ellos
ya sabían de Manuela. Les conté como era Manuela y lo feliz que era
yo. Mi madre y mi hermana se alegraron mucho de esta noticia.
Las
vacaciones en Huetor Vega se me pasaron prontas y, como siempre,
llego la triste hora de la despedida. Pero esta vez toda era distinto
a las veces anteriores en que abandonaba mi pueblo. Sabía que esta
vez tenía en Alemania a alguien que
me esperaba, allí estaba ya
mi novia Manuela.
Esta
fue la razón por la que también mi vida cambió en comparación con
años anteriores. Tenía que seguir trabajando, pero mi estancia en
Alemania se hacía más llevadera por un motivo más de trabajo y
amigos, tenía a mi novia. Seguía siendo un emigrante, pero ahora
era mucho más feliz.
Cada
día que pasaba me encontraba mejor en Alemania. Estaba tan bien que
Alemania se iba convirtiendo en mi segunda tierra. Mis metas se me
iban cumpliendo. Fui a una academia de conducir, estudié y me
examiné, y conseguí el carnet de conducir alemán. El siguiente
paso fue comprarme un coche, Aunque de segunda mano, ya tenía un
coche, lo que facilitaba ir a ver a mi novia en la Michaelisstrasse,
sin tener que esperar al tranvía y autobuses y hacer transbordos.
Mi
vida era un sueño, sobre todo cuando recordaba la primera vez en que
hacía ya cinco años salí de mi pueblo con aquella maleta de cartón
porque no había para más y lo solo que me encontraba tan lejos de
mí pueblo, de mi madre, de mi hermana y de toda mi familia y mis
amigos. Mientras tanto la casa de Huetor Vega ya estaba hecha y
pagada. Ahora me encontraba más libre, pero como una persona siempre
tiene planes para el día de mañana. Manuela y yo comenzamos a pesar
en nuestro futuro común y el primer paso iba a ser nuestra boda. Los
padres de Manuela aceptaron nuestra decisión y la apoyaron,
En
1968, don Félix Sánchez (cura extremeño de la Misión Católica
Española de Darmstadt) nos casó en la capilla de la
Niederramstádter Strasse,que es donde solía haber misa en español,
y donde se celebraban los bautizos, matrimonios y desgraciadamente
también funerales. Se trataba de una capilla pequeña de monjas que
tenían una residencia de mayores y un jardín infantil, pero para
nosotros era como una catedral que nunca olvidaríamos ni,
afortunadamente, olvidaremos nuestra boda vinieron paisanos de
Huetor-Vega que vivían en Pfungstadt y amigos y compañeros de
trabajo de Darmstadt. Aunque no pudo venir nadie de mi familia,
pronto los vería a todos, ya que después de la fiesta en los
locales de los ferrocarriles alemanes, nos pusimos camino hacía
España en viaje de novios.
Éramos una joven pareja de recién
casados que viajaba por primera vez junto. Era la primera vez junto.
Era la primera vez que iba en nuestro coche, ahora con nuestro coche
a España.
Estaba deseoso de llegar a Huetor-Vega para poder
presentar a Manuela a toda mi familia. Y Manuela quería presentarme
al resto de su familia que yo todavía no conocía. Eran sus tíos
Julio y Josefa, sus hijos y demás tíos, Antaño, Manolo, Emilia, y
Asencion, y sus 10/ primeros Julio y Josefa y los hijos
emigraron a Cataluña y vivían en Vila nova de la Geltrú, pueblo de
la provincia de Barcelona, en el que fuimos fantásticamente
recibidos.
Tengo
que señalas que en aquellos tiempos el viaje en coche no era tan
rápido y cómodo como hoy, ya que de los más de 2.300 kilómetros
de carretera sólo había 250 kilómetros de autopista desde la
ciudad francesa de Lyon hasta cerca de Nimes. Lo demás era carretera
nacional y la necesidad de atravesar pueblos y ciudades, ya que
apenas existían carreteras de circunvalación. Lo único bueno es
que no había tanto coche como hoy. Fue un viaje muy especial para
nosotros. Éramos un matrimonio que comenzaba una nueva vida, para
llevarnos bien y compartí lo bueno y lo malo mutuamente, lo que
gracias a Dios hasta hoy estamos cumpliendo. Espero que Dios nos dé
munchos años para seguir al menos como hasta ahora lo hemos hecho.
Durante
las muchas horas frente al volante por esas carreteras de Francia y
España, yo no paraba de contarle a Lola sobre mis gentes y mi
pueblo. Al fin llegamos por la carretera de Murcia a este sitio tan
conocido, con el nombre del, (Tambor), ese punto alto del Alba
sin,
desde el que se divisa toda Granada, los pueblos de los alrededores,
y su fértil Vega. Allí paramos y le enseñe la ciudad, ese sitio
que años después se convertiría en nuestro lugar de residencia.
Yo
estaba muy contento de no ir sólo, sino con mi esposa, y muy
orgulloso de poder ir presentándola a mi familia y amigos. Todos la
acogieron estupendamente y pasamos unas vacaciones muy felices, en
las que no faltaron la Alhambra, el Generalice, la Catedral, Cartuja,
Sierra Nevada y muchos otros monumentos y rincones típicos de
nuestra ciudad.
Pero nuestro viaje de luna de miel no terminó en
Huetor-Vega y Granada, ya que desde aquí nos fuimos a Extremadura
para presentarnos como feliz pareja a la familia que allí tenia
Manuela, que aún no había conocido.
Así,
entre familiares y amigos, entre excursiones e invitaciones, entre
Granada y Don Benito, pasé unas de las mejores vacaciones de mi
vida. Fueron días muy felices y esta vez no tenía a que mis
vacaciones se terminaran, pues fuera por donde fuera siempre iba
acompañado por Manuela, y con Manuela regresaría a Alemania.
Aunque
lo habitual entre los emigrantes era volver a la tierra en cuanto uno
tuviera su casa o su piso, en nuestro caso esto no fue así, Manuela
y yo decidimos quedarnos en Alemania y fundar allí nuestro hogar por
varias razones; los dos teníamos un trabajo más o menos bueno, los
dos éramos de dos provincias distintas y además, Manuela tenia a
sus padres y hermanos en Alemania. Este fue también uno de los
motivos por el que deseché la propuesta que me hizo la empresa de
irme a trabajar durante dos años a Guatemala. Aunque era una oferta
económica tentadora, yo preferí quedarme en Alemania y dedicarme a
mi esposa y a los hijos que poco después vendrían.
Aunque
estábamos relativamente bien situados en Alemania, nunca nos
olvidamos de nuestra tierra, ya que- al igual que la mayor parte de
los emigrantes españoles en Europa y América, y de los inmigrantes
americanos, africanos y asiáticos en España- lo más probable es
que alguna vez, más pronto o más tarde uno vuelva a su tierra.