Un
día llegó algo con que yo nunca contaba, ni esperaba y ni deseo a
nadie. A finales de 1964 tuve que ingresar en un hospital, pero no en
Darmstadt donde ya tenía amigos, sino en la ciudad de Mainz a unos
60 kilómetros de distancia. En la cama del hospital se agravó mi
tristeza, es algo que hay que vivirlo, para poder comprender lo que
un emigrante siente cuando está hospitalizado lejos de los suyos,
Para no preocupar a mi familia, no les dije nada. Fueron 23 días
bastantes malos, un prólogo de lo que años más tarde iba a
padecer. Mi gran consuelo durante el tiempo que estuve encamado fue
recibir visitas de amigos que vinieron expresamente a Maínz. José,
Enrique y Federico, me dieron la alegría y satisfacción más grande
que un enfermo hospitalizado en tierra extraña puede sentir. 7/
Hay cosas que hay que vivirlas en las propias carnes para poderlas
comprender, y por muy mal que a uno le vaya hay que ser fuertes para
poder sobrellevar todo lo que a uno se le presenta.
Dos
meces después me reincorporé al trabajo de la fábrica y a la
rutina diaria. Le pedí al capataz trabajar también los sábados
pera ganar algo más. Aunque para los solteros esto no era muy
rentable, ya que gran parte de lo que se ganaba en horas
extraordinarias se lo comían los impuestos, en mi caso esto fue
distinto, porque yo le mandaba mensualmente giros a mi madre y
guardaba los justificantes para Hacienda. Para desgravar impuestos,
todos los años tenía que pedir un certificado al Ayuntamiento de
Huetor-Vega en el que constaba que mi madre necesitaba el dinero y
que lo recibía regularmente de su hijo.
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