miércoles, 13 de abril de 2016

8.- MANUELA ENTRA EN MI VIDA.

Un fin de semana del año 1966, el Centro Español de Darmstadt organizó una excursión a Kassel, ciudad al Norte de Darmstadt, no muy lejos de la frontera con la antigua República Democrática Alemana (DDR).
Fue un día inolvidable para mí, ya que en el autobús iban dos hermanas extremeñas que Vivian con sus padres en Darmstadt. Al mirar y hablar con una de ellas, mi corazón palpitaba más fuerte. Que suerte para mi haberme apuntado a esa excursión. Así conocí a una joven de nombre MANUELA, que en el futuro se convertiría en mi esposa.
Aunque de aquel viaje hacen ya más de 48 años, no se me borrará de la memoria, porque aquel día me toco el mayor premio de la lotería, sobre todo cuando veo por nuestras calles grupos de inmigrantes que también han abandonado su tierra como lo habíamos hecho ese grupo de españoles que un domingo inundó las calles de Kassel para ver sus monumentos y también, todavía, algunas ruinas de la guerra como las que apreciábamos cuando andábamos por las calles de esta capital maravillosa capital. Los años pasan, los idiomas son otros, también el color de la piel, pero lo que no cambia desgraciadamente es que siga habiendo personas que tienen que abandonar a los suyos para ayudarles a subsistir.
Tanto en el viaje de ida, como durante el paseo por Kassel, no paraba de fijarme en Manuela, pero ella era una muchacha bastante tímida. Aunque fue con su hermana Emilia con la que más charlé, al principio, en el viaje de regreso todo cambio, pues nos sentamos juntos.
En el trayecto de Kassel a Darmstadt es donde empezó Manuela a entrar en mi vida. Gracias a estar en Alemania, tanto Manuela como yo, pudimos conocernos y luego casarnos. Por eso repito muchas veces que Alemania me lo ha dado todo o todo y, entre otras cosas, a la mujer de la que cada día estoy más orgulloso, porque ha sido el pilar que ha sostenido mi vida entera y no ha parado de apoyarme allí donde lo necesitaba.
Al día siguiente había que volver al trabajo y a la rutina de cada día, pero ahora todo me era más fácil y ligero, pues había conocido a la mujer de mi vida y estaba muy ilusionado. Aunque eso sí, me pasaba todo el día esperando a que llegara la hora de verla, aunque al principio fue a escondidas.
De nuestro noviazgo tengo que contar que, aunque transcurrió en Alemania, fue según las tradiciones y costumbres españolas de aquella época, ya que mis suegros eran extremeños de Don Benito. Y también les pedí a ellos permiso para: hablarle a su hija: que era como se le llamaba entonces, pero se lo pedí por carta, ¿Por qué? ¿Es que no me atrevía a dar la cara? Todo lo contrario, lo que sucedía es que Manuela y su familia ya estaban de vacaciones en España y mi intención era ir a Huetor-Vega a ver a mi familia, pero pasando por Extremadura para ver a la que después también se convertiría en mi familia. Por carta mi suegro me preguntó si iba en plan formal.
Así planee mi viaje, me fui en tren desde Madrid a Don Benito y me presenté a José Parejo, el padre de Manuela, y allí pasé una semana, aunque viviendo naturalmente en una pensión. Por las tardes, la madre de Manuela, que era muy estricta, nos dejaba salir solamente si nos acompañaba su hermana Emilia trataban de que yo fuera conociendo a las amigas y amigos de la infancia que ellas se dejaron en el pueblo al irse con sus padres a Alemania.

9/ Así también fui conociendo a toda la familia de Manuela y me di cuenta que los extremeños son gente muy hospitalaria, pues tanto los abuelos y tíos, como sus primas y primos me acogieron muy bien desde un principio.
Lo único malo de esta semana en Don Benito, la última semana de vacaciones de Manuela y la primera de las mías, es que fue muy corta, y así llegó el día en que nos tuvimos que separar: Manuela y su familia tenían que regresar a Alemania, y yo ponerme en camino hacia Granada.
Tengo que decir todavía que, antes de venirme a España de vacaciones, una tarde después del trabajo me puse a escribirle a mi madre una carta, en la que explicaba que era feliz porque había encontrado a la mujer de mi vida y le contaba como ella era, y que iba a ir a Extremadura.
Así es que la llegada a Granada, después de mi primera visita a Don Benito, para pasar el resto de mis vacaciones con mi familia, ellos ya sabían de Manuela. Les conté como era Manuela y lo feliz que era yo. Mi madre y mi hermana se alegraron mucho de esta noticia.
Las vacaciones en Huetor Vega se me pasaron prontas y, como siempre, llego la triste hora de la despedida. Pero esta vez toda era distinto a las veces anteriores en que abandonaba mi pueblo. Sabía que esta vez tenía en Alemania a alguien que
me esperaba, allí estaba ya mi novia Manuela.
Esta fue la razón por la que también mi vida cambió en comparación con años anteriores. Tenía que seguir trabajando, pero mi estancia en Alemania se hacía más llevadera por un motivo más de trabajo y amigos, tenía a mi novia. Seguía siendo un emigrante, pero ahora era mucho más feliz.
Cada día que pasaba me encontraba mejor en Alemania. Estaba tan bien que Alemania se iba convirtiendo en mi segunda tierra. Mis metas se me iban cumpliendo. Fui a una academia de conducir, estudié y me examiné, y conseguí el carnet de conducir alemán. El siguiente paso fue comprarme un coche, Aunque de segunda mano, ya tenía un coche, lo que facilitaba ir a ver a mi novia en la Michaelisstrasse, sin tener que esperar al tranvía y autobuses y hacer transbordos.
Mi vida era un sueño, sobre todo cuando recordaba la primera vez en que hacía ya cinco años salí de mi pueblo con aquella maleta de cartón porque no había para más y lo solo que me encontraba tan lejos de mí pueblo, de mi madre, de mi hermana y de toda mi familia y mis amigos. Mientras tanto la casa de Huetor Vega ya estaba hecha y pagada. Ahora me encontraba más libre, pero como una persona siempre tiene planes para el día de mañana. Manuela y yo comenzamos a pesar en nuestro futuro común y el primer paso iba a ser nuestra boda. Los padres de Manuela aceptaron nuestra decisión y la apoyaron,
En 1968, don Félix Sánchez (cura extremeño de la Misión Católica Española de Darmstadt) nos casó en la capilla de la Niederramstádter Strasse,que es donde solía haber misa en español, y donde se celebraban los bautizos, matrimonios y desgraciadamente también funerales. Se trataba de una capilla pequeña de monjas que tenían una residencia de mayores y un jardín infantil, pero para nosotros era como una catedral que nunca olvidaríamos ni, afortunadamente, olvidaremos nuestra boda vinieron paisanos de Huetor-Vega que vivían en Pfungstadt y amigos y compañeros de trabajo de Darmstadt. Aunque no pudo venir nadie de mi familia, pronto los vería a todos, ya que después de la fiesta en los locales de los ferrocarriles alemanes, nos pusimos camino hacía España en viaje de novios.
Éramos una joven pareja de recién casados que viajaba por primera vez junto. Era la primera vez junto. Era la primera vez que iba en nuestro coche, ahora con nuestro coche a España.
Estaba deseoso de llegar a Huetor-Vega para poder presentar a Manuela a toda mi familia. Y Manuela quería presentarme al resto de su familia que yo todavía no conocía. Eran sus tíos Julio y Josefa, sus hijos y demás tíos, Antaño, Manolo, Emilia, y Asencion, y sus 10/ primeros Julio y Josefa y los hijos emigraron a Cataluña y vivían en Vila nova de la Geltrú, pueblo de la provincia de Barcelona, en el que fuimos fantásticamente recibidos.
Tengo que señalas que en aquellos tiempos el viaje en coche no era tan rápido y cómodo como hoy, ya que de los más de 2.300 kilómetros de carretera sólo había 250 kilómetros de autopista desde la ciudad francesa de Lyon hasta cerca de Nimes. Lo demás era carretera nacional y la necesidad de atravesar pueblos y ciudades, ya que apenas existían carreteras de circunvalación. Lo único bueno es que no había tanto coche como hoy. Fue un viaje muy especial para nosotros. Éramos un matrimonio que comenzaba una nueva vida, para llevarnos bien y compartí lo bueno y lo malo mutuamente, lo que gracias a Dios hasta hoy estamos cumpliendo. Espero que Dios nos dé munchos años para seguir al menos como hasta ahora lo hemos hecho.
Durante las muchas horas frente al volante por esas carreteras de Francia y España, yo no paraba de contarle a Lola sobre mis gentes y mi pueblo. Al fin llegamos por la carretera de Murcia a este sitio tan conocido, con el nombre del, (Tambor), ese punto alto del Alba
sin, desde el que se divisa toda Granada, los pueblos de los alrededores, y su fértil Vega. Allí paramos y le enseñe la ciudad, ese sitio que años después se convertiría en nuestro lugar de residencia.
Yo estaba muy contento de no ir sólo, sino con mi esposa, y muy orgulloso de poder ir presentándola a mi familia y amigos. Todos la acogieron estupendamente y pasamos unas vacaciones muy felices, en las que no faltaron la Alhambra, el Generalice, la Catedral, Cartuja, Sierra Nevada y muchos otros monumentos y rincones típicos de nuestra ciudad.
Pero nuestro viaje de luna de miel no terminó en Huetor-Vega y Granada, ya que desde aquí nos fuimos a Extremadura para presentarnos como feliz pareja a la familia que allí tenia Manuela, que aún no había conocido.
Así, entre familiares y amigos, entre excursiones e invitaciones, entre Granada y Don Benito, pasé unas de las mejores vacaciones de mi vida. Fueron días muy felices y esta vez no tenía a que mis vacaciones se terminaran, pues fuera por donde fuera siempre iba acompañado por Manuela, y con Manuela regresaría a Alemania.
Aunque lo habitual entre los emigrantes era volver a la tierra en cuanto uno tuviera su casa o su piso, en nuestro caso esto no fue así, Manuela y yo decidimos quedarnos en Alemania y fundar allí nuestro hogar por varias razones; los dos teníamos un trabajo más o menos bueno, los dos éramos de dos provincias distintas y además, Manuela tenia a sus padres y hermanos en Alemania. Este fue también uno de los motivos por el que deseché la propuesta que me hizo la empresa de irme a trabajar durante dos años a Guatemala. Aunque era una oferta económica tentadora, yo preferí quedarme en Alemania y dedicarme a mi esposa y a los hijos que poco después vendrían.

Aunque estábamos relativamente bien situados en Alemania, nunca nos olvidamos de nuestra tierra, ya que- al igual que la mayor parte de los emigrantes españoles en Europa y América, y de los inmigrantes americanos, africanos y asiáticos en España- lo más probable es que alguna vez, más pronto o más tarde uno vuelva a su tierra.

No hay comentarios:

Publicar un comentario