En
1969 nació nuestro primer hijo. Santiago, en el Hospital de
Darmstadt, dándose la casualidad de que la enfermera que atendió a
Manuela era una emigrante granadina de nombre Mati.
Qué
alegría cuando ya éramos padres. Ahora nuestra vida de a tres era
distinta. Manuela y yo estábamos muy orgullosos, pues quien iba a
decirme cuando aún era pequeño, que un día me iría a Alemania y
que allí conocería a mi esposa y que también allí nacerían dos
de mis tres hilos. El mayor. Santiago, nació en Alemania, Francisco
Javier, el segundo, nació en Granada, y Verónica, la tercera en
Alemania.
11/
a medida que la familia iba aumentando, necesitábamos una vivienda
con más espacio. Fuimos cambiando varias veces de residencia, los
niños de colegio y nosotros de trabajo. Pero una cosa nunca cambió
para nuestros hijos que desde pequeños fueron muy trabajadores, ya
que desde la edad la edad de seis años iban por las mañanas al
colegio alemán, y varias veces en semana por las tardes a un colegio
español. En la actualidad ellos comprenden lo importante que fue
aprender los dos idiomas desde pequeños, algo que también tendrían
que tener en cuenta los inmigrantes de nuestra época. Es esencial
que los haya acogido a ellos y a sus padres, pero igual de esencial
es que los niños sepan también el idioma de sus padres, de sus
abuelos de sus raíces.
Es
una satisfacían tener una familia y, más satisfacción tener una
familia tan unida como la nuestra. Cuando en 1987 nos vinimos a
España, nuestro hijo Santiago había cumplido 18 años, estaba
estudiando para agente comercial y ya tenía novia. Rebeca, su actual
esposa. Por estas razones él se quedó en Alemania, hasta que hace
unos pocos años nos dio la gran alegría de tomar la decisión de
instalarse y trabajar en España. Su formación y su afición por los
idiomas que empezó a estudiar desde muy joven en una academia en
Darmstadt, son la base para que se desenvuelva de forma tan positiva
en el mundo laboral. Lo que son las casualidades de la vida, el hijo
de emigrantes granadinos. Santiago, conoce a la hija de emigrantes
cordobeses. Rebeca precisamente por tener las mismas raíces
culturales, ya que Santiago era aficionado a la guitarra y Rebeca era
profesora flamenco.
La
vuelta a España para nuestro segundo hijo. Francisco Javier, fue
bastante dura, ya que sólo tenía 14 años, una edad difícil para
cambiar de residencia. En Alemania se dejaba a los amigos del colegio
y a los compañeros del fútbol, que era su gran afición, al parecer
heredada de su padre. Anecdótico es que en un torneo internacional
de fútbol infantil celebrado en la ciudad francesa de Nimes, un hijo
de emigrantes españoles, jugando en un equipo alemán, se enfrentó
a un Real Madrid. Jugaba tan bien, que los responsables de la
federación alemana tenían ya planes concretos para conciliar sus
estudios en el colegio con su formación como futbolista. Como nos
vinimos a Granada, Francisco Javier tuvo que desechar esa oferta, y
durante mucho tiempo se nos quejaba de que no lo hubiéramos dejado
en Alemania con su hermano mayor. Pero con el paso del tiempo, y
después de hacer el servicio militar, se ha convertido en un buen
profesional en el ramo de la metalúrgica. Se casó con María Luis,
una chica granadina del Albaycín, con la que tienen una hija y un
hijo. Andrea y Álvaro, que ha coronado la alegría de la felicidad
de sus padres, abuelos y tíos.
Para
Verónica, que se vino a la edad de ocho años, hablando español y
alemán, el cambio de país no le supuso mayores problemas, y tampoco
el cambio de colegio y de sistema escolar. Manuela y yo éramos
conscientes de lo importante que era que Verónica también francisco
Javier, mantuvieran y perfeccionaran el alemán que sabían, pues de
lo contrario hubieran bastado pocos meces para que lo olvidaran. Las
clases de alemán a las que asistían los sábados, primero fueron
las profesoras Karin e Ingeborg, las dos lo hicieron voluntariamente,
en el colegio público Nuestra Señora de las Angustias de Huetor-
Vega y más tarde en el Colegio Genil de Granada, les sirvieron para
que en la televisión alemana que llega por satélite, e incluso
laboralmente.
Hubo
dos cosas que nuestros hijos no entendieron de pequeños. Primero,
que cuando vivíamos en Alemania en casa, para que practicaran el
español. Segundo, que cuando volvimos a España, les pidiéramos que
en casa, para que practicaran el español. Segundo, que cuando
volvimos a España, les pidiéramos que en casa y entre ellos no
hablaran español sino alemán, para que no se les olvidara, y así
cuando fueran mayores tuvieran la ventaja de ser bilingües.
Recordando
las dificultades que el cambio de Alemania a España supuso para
nuestros hijos. Hay algo que cualquier emigrante o inmígrate
tendrían que tener en cuenta. Quien tenga la atención de volver a
España con sus hijos, tendría que tomar la decisión antes de que
los hijos cumplan de 8 a 10 años. Por propia experiencia sé que,
para un joven que ya 12/ está en el colegio y que tiene sus
amigos y aficiones, es muy difícil y penoso abandonar de golpe todo
lo que tiene en su país de residencia, que quizás es el país en el
que nació, para empezar completamente de cero en un país nuevo, que
muchas veces casi solamente conoce de los días vacaciones que ha
pasado en él con sus padres.
Manuela
y yo trabajábamos en la misma fábrica en Darmstadt, unos grandes
laboratorios químico-farmacéuticos, con guardería infantil propia.
Esto fue para nosotros muy importante, ya que cuando en el año 1969
nació nuestro primer hijo. Santiago Manuela y yo pudimos seguir
trabajando los dos, a pesar de que Santiago tuviera frecuentemente
problemas de salud. Al estar en la guardería, nos llamaban para
cualquier cosa que ocurriera, y así trabajábamos más tranquilos,
ella en el departamento de envíos de impresos para médicos, yo en
unos laboratorios en los que se extraían productos a plantas
medicinales que nos llegaban desde Guatemala.
Como
Santiago seguía siendo un niño de salud delicada, tomamos la
decisión de que Manuela se quedara en casa, pues aunque habíamos
para ganar dinero, lo más importante era naturalmente la salud y el
cuidado de nuestro hijo. De esta forma logramos que con el tiempo se
convirtiera en un joven sanote.
Al
dejar Manuela su trabajo, nos convertimos en una familia con un sólo
sueldo y las dificultades económicas que ello conlleva. Pero una
familia predestinada al pluriempleo. Como en la empresa trabajaba en
tres turnos de mañana, tarde y noche, me vi obligado a buscar un
trabajo privado. Encontré un trabajo muy consistente el trabajo era
muy duro y peligroso se trataba en romper baterías de coches,
camiones y aviones con el fin de separar la baquelita del plomo,
metal que se reciclaba en una fundición en Frankfurt.
Romper baterías era un trabajo a la vez duro y peligroso porque al romperé las baterías salía ácido o polvo de plomo, con el consiguiente peligro para la piel, las mocosas, los ojos y los pulmones. Lo más peligroso era el plomo que entrara en el organismo y se produjera la intoxicación por el plomo o saturnismos de los posibles peligros, la situación en la que nos encontrábamos y nuestra juventud eran más fuertes que nos olvidáramos de las consecuencias de este trabajo que estaba muy bien pagado y que necesitaba cada vez más mano de obra. Por esta razón hablé con el dueño por si quería que llevara a unos amigos a trabajar allí, poco a poco, me convirtió en el responsable de personal y fueron muchos los andaluces, gallegos, extremeños, etc., que tuvieron la oportunidad de ganar un sueldo adicional con el que poder acortar su estancia en el extranjero y volver más pronto a sus tierras.
Romper baterías era un trabajo a la vez duro y peligroso porque al romperé las baterías salía ácido o polvo de plomo, con el consiguiente peligro para la piel, las mocosas, los ojos y los pulmones. Lo más peligroso era el plomo que entrara en el organismo y se produjera la intoxicación por el plomo o saturnismos de los posibles peligros, la situación en la que nos encontrábamos y nuestra juventud eran más fuertes que nos olvidáramos de las consecuencias de este trabajo que estaba muy bien pagado y que necesitaba cada vez más mano de obra. Por esta razón hablé con el dueño por si quería que llevara a unos amigos a trabajar allí, poco a poco, me convirtió en el responsable de personal y fueron muchos los andaluces, gallegos, extremeños, etc., que tuvieron la oportunidad de ganar un sueldo adicional con el que poder acortar su estancia en el extranjero y volver más pronto a sus tierras.
Ese
era el caso, por ejemplo, del extremeño Antonio Romero, gran amigo
mío que sólo soñaba con que llegara el día de su jubilación, ya
que el día siguiente quería regresar a su pueblo de El Valle de la
Serena y disfrutar allí de su casa. Pero por circunstancias de la
vida, el hecho de que sus dos hijas se casaran y siguieran residiendo
en Alemania. Antonio y su esposa Inés siguieran viviendo allí, aún
varios años después de estas jubilado, tomaron la decisión de
volver ya definitivamente a su querido pueblo, El Valle de la Serena.
Entre
los muchos compañeros que trabajaron conmigo en las baterías
también mencionar a Juan Conejero, un andaluz recién casado, que de
repente con el mal trabajo que realizábamos ingresó en el Hospital.
Su esposa Loli y nuestro amigo Francisco Álvarez me llamaron para
que acudiera a la consulta del médico para hacer de intérprete.
Fueron unos momentos muy difíciles para mí, ya que el médico me
dijo que tenía que traducirle, que en la operación no había podido
hacer nada, puesto que tenía un cáncer en un estado muy avanzado, y
que no le daba más de tres meses de vida. El médico comprendió mi
propuesta de que era mejor no traducir directamente lo que él me
estaba explicando y que Manuela y yo hablaríamos más tarde y con
más tranquilidad con su esposa. A Juan le dije que había tenido una
operación bastante complicada y que necesitaría mucho reposo, en lo
posible y lo mejor sería cambiando de clima, le aconsejemos que
fuese en España, para lo cual daríamos con el seguro los pasos
necesarios para que una vez recibida el alta pudiera irse con su
esposa a Andalucía.
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Al grave problema de salud y a la enorme tristeza de saber lo que
irremediablemente tenía que suceder, a su esposa Loli se le unió el
problema económico de no disponer más que del dinero que recibía
del seguro de enfermedad, Poco antes de entras en el hospital, Juan
había tenido un accidente con su coche que se encontraba casi
inservible. Entonces un grupo de amigos nos pusimos mano a la obra
para que Loli pudiera venderlo. José Ladero. Chapista y pintor, y
José cordero, mecánico, trabajaron desinteresadamente y dejaron el
coche como nuevo. Las piezas de recambio necesarias se compraron con
el dinero recaudado entre los muchos amigos que tenía Juan. Por
desgracia, el diagnóstico del médico fue certero y, las ilusiones
de un joven matrimonio de emigrantes quedaron truncadas. El caso de
Juan lo viví tan intensamente y me impresionó tanto que ir al
hospital y el tropiezo con inmigrantes que van a visitar a un
familiar o amigo allí encamado, me pongo a pensar en las ilusiones
con las que estas personas podrían haber venido y en los problemas
que de repente se les pueden presentar por una enfermedad.
En 1970. Por consejo de mi cuñado José, deje los laboratorios y entré a trabajar en el departamento de paquetería de los ferrocarriles alemanes, ya que me darían una vivienda. Así sucedió. Pero por el esfuerzo en la carga y descarga, a destajo, de paquetes de los trenes y el trabajo adicional de las baterías mi columna vertebral se resistió. Por consejo médico tenía que cambiar a otro trabajo menos forzado, concretamente a la limpieza de los vagones en turno normal. Esto significa para mí ganar bastante menos. El dueño de las baterías, al enterarse de esto, me propuso que dejara los ferrocarriles y me fuera a su empresa, pero ya no para romper baterías, sino como encargado de personal y cargador de camiones con palas mecánicas.
En 1970. Por consejo de mi cuñado José, deje los laboratorios y entré a trabajar en el departamento de paquetería de los ferrocarriles alemanes, ya que me darían una vivienda. Así sucedió. Pero por el esfuerzo en la carga y descarga, a destajo, de paquetes de los trenes y el trabajo adicional de las baterías mi columna vertebral se resistió. Por consejo médico tenía que cambiar a otro trabajo menos forzado, concretamente a la limpieza de los vagones en turno normal. Esto significa para mí ganar bastante menos. El dueño de las baterías, al enterarse de esto, me propuso que dejara los ferrocarriles y me fuera a su empresa, pero ya no para romper baterías, sino como encargado de personal y cargador de camiones con palas mecánicas.
Llegaron
los días en los que algunos nos pusimos enfermos a causa del plomo.
Nuestra alegría de tener un trabajo bien remunerado empezó a
nublarse cuando notamos las primeras molestias en el estómago.
Parecía que nos llegaba el fin y así fue. A mí me tuvieron que
ingresar en el hospital y me diagnosticaron intoxicación con plomo.
Estuve bastante grave, un mes en tratamiento y, después, unos tres
meses en rehabilitación con prohibición estricta de nunca más
trabajar con plomo. Aunque había pensado en regresar a España, un
buen día me volví a presentar en los laboratorios Merck, cuyo jefe
de personal me había dicho cuando me fui, que cuando quisiera volver
tendría las puertas abiertas, Era el año 1973 cuando volví a
entrar en Merck, pero esta vez, en un trabajo mucho mejor y con mayor
responsabilidad, en la producción farmacéutica. Me favoreció mucho
saber ya leer y escribir alemán, y el hecho de haber tenido a una
excelente persona, el capataz Franz Kúchel, enseñándome el nuevo
trabajo. Este trabajo reunía todas las condiciones que todo trabajo
debería tener, pues además de ganar algo más, me gustaba mucho y
me sentía feliz y útil de hacer un trabajo importante. Me pasaba el
día en un laboratorio completamente estéril fabricando cremas de
las que después se beneficiarían enfermos con eczemas o acné en
todo el mundo. Me compenetré tanto con mi trabajo que incluso me
aceptaron y gratificaron cuatro propuestas que hice para mejorar la
calidad del producto final.
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