miércoles, 13 de abril de 2016

9.- LA FAMILIA AUMENTA

En 1969 nació nuestro primer hijo. Santiago, en el Hospital de Darmstadt, dándose la casualidad de que la enfermera que atendió a Manuela era una emigrante granadina de nombre Mati.
Qué alegría cuando ya éramos padres. Ahora nuestra vida de a tres era distinta. Manuela y yo estábamos muy orgullosos, pues quien iba a decirme cuando aún era pequeño, que un día me iría a Alemania y que allí conocería a mi esposa y que también allí nacerían dos de mis tres hilos. El mayor. Santiago, nació en Alemania, Francisco Javier, el segundo, nació en Granada, y Verónica, la tercera en Alemania.
11/ a medida que la familia iba aumentando, necesitábamos una vivienda con más espacio. Fuimos cambiando varias veces de residencia, los niños de colegio y nosotros de trabajo. Pero una cosa nunca cambió para nuestros hijos que desde pequeños fueron muy trabajadores, ya que desde la edad la edad de seis años iban por las mañanas al colegio alemán, y varias veces en semana por las tardes a un colegio español. En la actualidad ellos comprenden lo importante que fue aprender los dos idiomas desde pequeños, algo que también tendrían que tener en cuenta los inmigrantes de nuestra época. Es esencial que los haya acogido a ellos y a sus padres, pero igual de esencial es que los niños sepan también el idioma de sus padres, de sus abuelos de sus raíces.
Es una satisfacían tener una familia y, más satisfacción tener una familia tan unida como la nuestra. Cuando en 1987 nos vinimos a España, nuestro hijo Santiago había cumplido 18 años, estaba estudiando para agente comercial y ya tenía novia. Rebeca, su actual esposa. Por estas razones él se quedó en Alemania, hasta que hace unos pocos años nos dio la gran alegría de tomar la decisión de instalarse y trabajar en España. Su formación y su afición por los idiomas que empezó a estudiar desde muy joven en una academia en Darmstadt, son la base para que se desenvuelva de forma tan positiva en el mundo laboral. Lo que son las casualidades de la vida, el hijo de emigrantes granadinos. Santiago, conoce a la hija de emigrantes cordobeses. Rebeca precisamente por tener las mismas raíces culturales, ya que Santiago era aficionado a la guitarra y Rebeca era profesora flamenco.
La vuelta a España para nuestro segundo hijo. Francisco Javier, fue bastante dura, ya que sólo tenía 14 años, una edad difícil para cambiar de residencia. En Alemania se dejaba a los amigos del colegio y a los compañeros del fútbol, que era su gran afición, al parecer heredada de su padre. Anecdótico es que en un torneo internacional de fútbol infantil celebrado en la ciudad francesa de Nimes, un hijo de emigrantes españoles, jugando en un equipo alemán, se enfrentó a un Real Madrid. Jugaba tan bien, que los responsables de la federación alemana tenían ya planes concretos para conciliar sus estudios en el colegio con su formación como futbolista. Como nos vinimos a Granada, Francisco Javier tuvo que desechar esa oferta, y durante mucho tiempo se nos quejaba de que no lo hubiéramos dejado en Alemania con su hermano mayor. Pero con el paso del tiempo, y después de hacer el servicio militar, se ha convertido en un buen profesional en el ramo de la metalúrgica. Se casó con María Luis, una chica granadina del Albaycín, con la que tienen una hija y un hijo. Andrea y Álvaro, que ha coronado la alegría de la felicidad de sus padres, abuelos y tíos.
Para Verónica, que se vino a la edad de ocho años, hablando español y alemán, el cambio de país no le supuso mayores problemas, y tampoco el cambio de colegio y de sistema escolar. Manuela y yo éramos conscientes de lo importante que era que Verónica también francisco Javier, mantuvieran y perfeccionaran el alemán que sabían, pues de lo contrario hubieran bastado pocos meces para que lo olvidaran. Las clases de alemán a las que asistían los sábados, primero fueron las profesoras Karin e Ingeborg, las dos lo hicieron voluntariamente, en el colegio público Nuestra Señora de las Angustias de Huetor- Vega y más tarde en el Colegio Genil de Granada, les sirvieron para que en la televisión alemana que llega por satélite, e incluso laboralmente.
Hubo dos cosas que nuestros hijos no entendieron de pequeños. Primero, que cuando vivíamos en Alemania en casa, para que practicaran el español. Segundo, que cuando volvimos a España, les pidiéramos que en casa, para que practicaran el español. Segundo, que cuando volvimos a España, les pidiéramos que en casa y entre ellos no hablaran español sino alemán, para que no se les olvidara, y así cuando fueran mayores tuvieran la ventaja de ser bilingües.
Recordando las dificultades que el cambio de Alemania a España supuso para nuestros hijos. Hay algo que cualquier emigrante o inmígrate tendrían que tener en cuenta. Quien tenga la atención de volver a España con sus hijos, tendría que tomar la decisión antes de que los hijos cumplan de 8 a 10 años. Por propia experiencia sé que, para un joven que ya 12/ está en el colegio y que tiene sus amigos y aficiones, es muy difícil y penoso abandonar de golpe todo lo que tiene en su país de residencia, que quizás es el país en el que nació, para empezar completamente de cero en un país nuevo, que muchas veces casi solamente conoce de los días vacaciones que ha pasado en él con sus padres.
Manuela y yo trabajábamos en la misma fábrica en Darmstadt, unos grandes laboratorios químico-farmacéuticos, con guardería infantil propia. Esto fue para nosotros muy importante, ya que cuando en el año 1969 nació nuestro primer hijo. Santiago Manuela y yo pudimos seguir trabajando los dos, a pesar de que Santiago tuviera frecuentemente problemas de salud. Al estar en la guardería, nos llamaban para cualquier cosa que ocurriera, y así trabajábamos más tranquilos, ella en el departamento de envíos de impresos para médicos, yo en unos laboratorios en los que se extraían productos a plantas medicinales que nos llegaban desde Guatemala.
Como Santiago seguía siendo un niño de salud delicada, tomamos la decisión de que Manuela se quedara en casa, pues aunque habíamos para ganar dinero, lo más importante era naturalmente la salud y el cuidado de nuestro hijo. De esta forma logramos que con el tiempo se convirtiera en un joven sanote.
Al dejar Manuela su trabajo, nos convertimos en una familia con un sólo sueldo y las dificultades económicas que ello conlleva. Pero una familia predestinada al pluriempleo. Como en la empresa trabajaba en tres turnos de mañana, tarde y noche, me vi obligado a buscar un trabajo privado. Encontré un trabajo muy consistente el trabajo era muy duro y peligroso se trataba en romper baterías de coches, camiones y aviones con el fin de separar la baquelita del plomo, metal que se reciclaba en una fundición en Frankfurt.
Romper baterías era un trabajo a la vez duro y peligroso porque al romperé las baterías salía ácido o polvo de plomo, con el consiguiente peligro para la piel, las mocosas, los ojos y los pulmones. Lo más peligroso era el plomo que entrara en el organismo y se produjera la intoxicación por el plomo o saturnismos de los posibles peligros, la situación en la que nos encontrábamos y nuestra juventud eran más fuertes que nos olvidáramos de las consecuencias de este trabajo que estaba muy bien pagado y que necesitaba cada vez más mano de obra. Por esta razón hablé con el dueño por si quería que llevara a unos amigos a trabajar allí, poco a poco, me convirtió en el responsable de personal y fueron muchos los andaluces, gallegos, extremeños, etc., que tuvieron la oportunidad de ganar un sueldo adicional con el que poder acortar su estancia en el extranjero y volver más pronto a sus tierras.
Ese era el caso, por ejemplo, del extremeño Antonio Romero, gran amigo mío que sólo soñaba con que llegara el día de su jubilación, ya que el día siguiente quería regresar a su pueblo de El Valle de la Serena y disfrutar allí de su casa. Pero por circunstancias de la vida, el hecho de que sus dos hijas se casaran y siguieran residiendo en Alemania. Antonio y su esposa Inés siguieran viviendo allí, aún varios años después de estas jubilado, tomaron la decisión de volver ya definitivamente a su querido pueblo, El Valle de la Serena.
Entre los muchos compañeros que trabajaron conmigo en las baterías también mencionar a Juan Conejero, un andaluz recién casado, que de repente con el mal trabajo que realizábamos ingresó en el Hospital. Su esposa Loli y nuestro amigo Francisco Álvarez me llamaron para que acudiera a la consulta del médico para hacer de intérprete. Fueron unos momentos muy difíciles para mí, ya que el médico me dijo que tenía que traducirle, que en la operación no había podido hacer nada, puesto que tenía un cáncer en un estado muy avanzado, y que no le daba más de tres meses de vida. El médico comprendió mi propuesta de que era mejor no traducir directamente lo que él me estaba explicando y que Manuela y yo hablaríamos más tarde y con más tranquilidad con su esposa. A Juan le dije que había tenido una operación bastante complicada y que necesitaría mucho reposo, en lo posible y lo mejor sería cambiando de clima, le aconsejemos que fuese en España, para lo cual daríamos con el seguro los pasos necesarios para que una vez recibida el alta pudiera irse con su esposa a Andalucía.
13/ Al grave problema de salud y a la enorme tristeza de saber lo que irremediablemente tenía que suceder, a su esposa Loli se le unió el problema económico de no disponer más que del dinero que recibía del seguro de enfermedad, Poco antes de entras en el hospital, Juan había tenido un accidente con su coche que se encontraba casi inservible. Entonces un grupo de amigos nos pusimos mano a la obra para que Loli pudiera venderlo. José Ladero. Chapista y pintor, y José cordero, mecánico, trabajaron desinteresadamente y dejaron el coche como nuevo. Las piezas de recambio necesarias se compraron con el dinero recaudado entre los muchos amigos que tenía Juan. Por desgracia, el diagnóstico del médico fue certero y, las ilusiones de un joven matrimonio de emigrantes quedaron truncadas. El caso de Juan lo viví tan intensamente y me impresionó tanto que ir al hospital y el tropiezo con inmigrantes que van a visitar a un familiar o amigo allí encamado, me pongo a pensar en las ilusiones con las que estas personas podrían haber venido y en los problemas que de repente se les pueden presentar por una enfermedad.
En 1970. Por consejo de mi cuñado José, deje los laboratorios y entré a trabajar en el departamento de paquetería de los ferrocarriles alemanes, ya que me darían una vivienda. Así sucedió. Pero por el esfuerzo en la carga y descarga, a destajo, de paquetes de los trenes y el trabajo adicional de las baterías mi columna vertebral se resistió. Por consejo médico tenía que cambiar a otro trabajo menos forzado, concretamente a la limpieza de los vagones en turno normal. Esto significa para mí ganar bastante menos. El dueño de las baterías, al enterarse de esto, me propuso que dejara los ferrocarriles y me fuera a su empresa, pero ya no para romper baterías, sino como encargado de personal y cargador de camiones con palas mecánicas.

Llegaron los días en los que algunos nos pusimos enfermos a causa del plomo. Nuestra alegría de tener un trabajo bien remunerado empezó a nublarse cuando notamos las primeras molestias en el estómago. Parecía que nos llegaba el fin y así fue. A mí me tuvieron que ingresar en el hospital y me diagnosticaron intoxicación con plomo. Estuve bastante grave, un mes en tratamiento y, después, unos tres meses en rehabilitación con prohibición estricta de nunca más trabajar con plomo. Aunque había pensado en regresar a España, un buen día me volví a presentar en los laboratorios Merck, cuyo jefe de personal me había dicho cuando me fui, que cuando quisiera volver tendría las puertas abiertas, Era el año 1973 cuando volví a entrar en Merck, pero esta vez, en un trabajo mucho mejor y con mayor responsabilidad, en la producción farmacéutica. Me favoreció mucho saber ya leer y escribir alemán, y el hecho de haber tenido a una excelente persona, el capataz Franz Kúchel, enseñándome el nuevo trabajo. Este trabajo reunía todas las condiciones que todo trabajo debería tener, pues además de ganar algo más, me gustaba mucho y me sentía feliz y útil de hacer un trabajo importante. Me pasaba el día en un laboratorio completamente estéril fabricando cremas de las que después se beneficiarían enfermos con eczemas o acné en todo el mundo. Me compenetré tanto con mi trabajo que incluso me aceptaron y gratificaron cuatro propuestas que hice para mejorar la calidad del producto final.

No hay comentarios:

Publicar un comentario